Para coronar a una reina

Siempre es bueno mantener entre la manga algún discurso. De pronto nos toca coronar a una reina de
belleza. El siguiente es el borrador del discurso para leer  si me hubieran invitado a coronar a la nueva Miss Colombia, Paulina Vega, del Atlántico:

Tu belleza, bella Pao, no necesita energía eléctrica para ejercer. En tus
medidas jamás se oculta el sol. Ni falta que te hace la luz. Tu solita eres un
cocuyo que se alumbra a sí misma.

(Aprovecho para hacerles un homenaje a las feas. Para todas las mujeres hay
paraíso. Mejor dicho, no hay mujeres feas, sino mal  “fotoshopiadas”. O
perezosas, según Coco Chanel).

Con tus colegas de cintura de avispa le mejoraste el currículo al Mar Caribe
que, como en el verso del suicida Lugones, “bramó alrededor de tu
cintura” estos días novembrinos.

Eres amazona sobre el mar. Tan linda que provocas no creer en Dios. Verte no da
sueño, digámoslo con Borges que nunca amó. El amor se lo dieron en prosa y en
verso. Y en silencio de luz, uno de los nombres de su espléndida ceguera.

En la guerra de “colas” que el país voyerista siguió por televisión,
ganaste por varias letras de ventaja. A Blas de Lezo, “Sobrado de tigre”,  le habría gustado tener los brazos intactos
para darte un estrechón rompecostillas. Y de pronto morderte la oreja que por
donde entre el amor.

Reina: eres un sueño de tacón alto. Suspiro reprimido de santo. Estornudo de
una manifestación de dioses.

Tu cuerpo es un soneto al revés. Los dos certeros tercetos arriba y los dos
cuartetos en el “derrière”, donde la espalda pierde su nombre para
convertirse en colina por partida doble.

En el Ecuador de tu cuerpo se mece orgulloso el ombligo, centro de tu universo
que notifica las 24 horas por dónde pasa el meridiano del sexapil. A los
cachacos, como nos dicen a los del interior, nos queda la precaria opción de
alegrarnos  con que el jurado dio en el
blanco.

Cuando te despiertas aligerada de cosméticos, pareces una mentira con los ojos
azules. No importa, enseguida vendrá el cosmetólogo que pondrá las cosas en su
sitio.

Desde cuando tuvo uso de razón, tu ángel de la guarda rompió su voto de
castidad. San Antonio soltó el muchachito, dirían los chistosos de la
televisión. Miras dulcemente, como si tuvieras manos de pianista.

Después de tantas veladas en Cartagena, tus músculos de la risa están casi en
cese indefinido de actividades. Sacaste todo un Ph. D. en sonrisas, como
empeñada en demostrar que tu cara no es tierra fácil para la tristeza.

Deberías darte un semestre de descanso para recuperar tantas risas dilapidadas.
Y darle reposo a los músculos faciales.

Mándales el primer suspiro de tu reinado a los alebrestados en armas a ver si
regresan a sus ternuras familiares. Quizá tu mirada de cubito de azúcar logre
lo que les falta a los negociadores que toman mojito en La Habana, liderados
por De la Calle y Márquez.

Como reina,  tienes el físico de un
atleta del decatlón para soportar la exprimida que sufriste estos días. No
estás hecha de carne y hueso, sino de fatiga y estrés.

Ya no tienes sueños, los sueños te tienen a ti. Estas palabras terminan
diciéndote, sin originalidad: tú no naciste, a ti te inventaron.
Felicitaciones.

 

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