Librero en cuarentena, El Colombiano, junio 4-2020

felipe colprensaA lo Bernard Shaw, Felipe Ossa, decano de los libreros, abandonó sus estudios de bachillerato a los trece años porque interferían con su educación. Se jugó el pellejo como autodidacta.

Ha vivido en “compañía de pocos pero doctos libros juntos”, siguiendo el soneto de Quevedo. Tiene unos ocho mil libros, dos mil menos de los que tenía su taita.

La suya es una biblioteca con casa, no una casa con biblioteca, dice su hijo Andrés. Cortázar hablaría de una vida tomada por las ficciones.

“Un libro en cualquier época o circunstancia es una fuente de placer, un goce para el espíritu que nos permite alejarnos de cualquier molesta realidad. Los libros son el rumor de mil voces que te buscan para encantarte”, comentó desde las cuatro prosaicas paredes que lo miran con una mezcla de asombro y sarcasmo. Como nos miran a todos los “abuelitos”.

A los cinco años, Ossa, quien se declara “recluso, no monje cartujo” en la actual coyuntura, se inició en la ventura y aventura de leer con las tiras cómicas.

Un libro suyo que recoge la vida y obra de los personajes de las historietas y de sus creadores circula con el título “Cómic, la aventura infinita” (Planeta).

Ossa comenta lo siguiente sobre esta obra que es una especie de selfi a su prontuario de lector: “Las tiras cómicas, o mejor, las historietas o novelas gráficas, son una parte importante de la cultura popular y un medio de difusión extraordinario. O por lo menos, lo fueron hasta el siglo pasado”.

A los nueve años, una enfermedad le decretó temprana cuarentena. El niño Felipe, bogotano, aprovechó para despachar todos los clásicos infantiles. Su padre le regaló La Isla del tesoro, de Stevenson. Ahí le inoculó el “coronalibrus” de la lectura.

Hace 20 años comenta sobre libros en la Emisora de la Universidad Tadeo Lozano. Para la Tadeo lo fichó su amigo Bernardino Hoyos quien le presentó al mejor cliente que tuvo: el exministro pereirano Bernardo Ramírez. El del bigote pluscuamperfecto lo llamaba a media noche para encargarle libros. O madrugaba a comprarlos.

El manizaleño Rogelio Delgado, director de la emisora, y el opita Enrique Araújo, siguen grabándole los comentarios de dos o tres minutos que se escuchan a lo largo del día. La emisora le recuerda que lleva un control-locutor de radio en su corazón. Como Óscar Cabal Llanos, bugueño, también retirado.

“Los libreros son el vínculo que une al autor con el lector que es el fin de todo libro”, explica quien vivió en Cali y Buga su niñez, adolescencia y edad madura. Hizo la parábola del retorno a su ciudad, Bogotá, ya crecidito

En el Valle hizo una maestría en salsa dura. El librero tiene su “tumbao” fruto de sus vivencias en los barrios Obrero y san Nicolás.

No se perdía feria de Cali. Es duro para azotar baldosa. (Dejémoslo en era). Y en tiempo frío tiraba paso en discotecas como Cabo rojeño, Séptimo cielo, El Escondite, y metederos de Juanchito, Dapa, Dagua, Jamundí y similares. Sus maestros fueron Bobby Cruz y Richie Ray, el Grupo Niche, Guayacán y demás íconos del sabor. ¡Vaya, caballero!

Su posdoctorado en salsa lo hizo en San Juan, Puerto Rico, donde asistió la celebración de los 50 años del Gran Combo. Se sintió en su salsa. Solo le faltó llevar a sus dos nietas boricuas que tienen en su abuelo bobo propio de por vida.

Desde a.c., antes del coronavirus, se acostumbró a leer unos 200 libros al año. En estos días lee “Gente de la edad media”, de Roberto Fossier, “Panorama de la cultura occidental” de Van der Meer y “Crisis”, del historiador Jared Diamon. Relee a Capote y los Ensayos de Montaigne. Borges al comer y al dormir.

“Los libros seguirán siendo los mismos después de esta pandemia. Ellos han resistido por más de 500 años pestes, persecuciones, quemas, censuras y el odio y el temor de los tiranos”, me dijo este impenitente mamagallista jubilado de la Librería Nacional donde cargó ladrillo 60 de los 76 años que que lo siguen a todas partes con fidelidad del perrito de la Víctor.

Empezó como bodeguero en la sucursal de la Nacional, de Cali, a los 18 años, cuando se casó. A los 36 era abuelo. Le gustó tanto el matrimonio que se casó tres veces. Plantó con su colega Claudia Alemán “la mano de Dios sobre mi hombro”.
Tuvo cuatro hijos, Andrés, Viviana, Valentina y Sandra, tres nietos y un bisnieto que juega fútbol en el Chacarita Júniors, de Buenos Aires. Ossa hizo fuerza por el América pero el hincha furioso y el rumbero tenaz pasaron al cuarto de san Alejo.

Le pregunto a qué novelas lo remiten estos tiempos del c-19. “A las novelas de ciencia ficción, a los relatos de terror, literatura que consumí en cantidades en mi adolescencia”.

Confiesa que le gustaría lucir este epitafio en la solapa de su sepultura: “Edición cumplida”.

Fotos
1.- El librero Felipe Ossa, en su salsa en la Librería Nacional donde se jubiló pero a la que sigue vinculado. (Foto Colprensa)

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