Segundo Nobel para Colombia

Egabo nolasco nachoL SEGUNDO NOBEL PARA COLOMBIA

 

Hace varias navidades Nacho Martínez realizó el trayecto Santa Rosas de Osos (Antioquia)-Nueva York-Estocolmo con un solo propósito: hacer las pertinentes relaciones públicas entre los rostros de madera de la Academia Sueca porque estaba decidido a convertirse en el segundo Nobel de literatura colombiano.

Aterrizó a bordo de un sombrero bombín, ametrallado de escudos de  todos los países, con su bigote dalilesco, carriel hecho en Jericó y con una “capa del viejo hidalgo” –  alias ruana- toreada antes en el frío beatífico de Santa Rosa, su terruño, tierra fértil y fácil para fabricar chorizos y monseñores.

Con ese liquiliqui paisa no le entraba ni el Magnificat,

metereológicamente hablando.

Llegó repartiendo sonrisas a lado y lado como una diva del

espectáculo, derrochando simpatías y más entrador que nigua de

tierra fría.

En un dos por tres, se hizo conocer de la élite del Grand Hotel,

donde el Nobel de Aracataca y el exclusivo entorno que lo acompañó  soñaba con mariposas amarillas. Uno de ellos, su amigo de Anorí y excónsul en  Nueva York, el maestro Guillermo Angulo.

El olímpico Nacho estrenó carrizo en la Academia cuando le entregaron el premio a Gabo a quien rodeaban  el Nobel de Economía, el gringo Stigler, y

uno de los laureados en  medicina, el sueco Bengt I. Samuelsson.

Nacho descubrió rápido que la milonga que echaron a

rodar en honor del Nobel era el Intermezzo Interrotto del Concierto

para orquesta de Bela Bartok, el músico preferido de don Gabriel a

quien miraba como a un colega más.

Fue a la entrega del premio con la convicción de que para ser

Nobel antes hay que figurar en el directorio telefónico de Arturo

Linquist, entonces responsable de pegarle la fiebre de Macondo a los suecos.

Nacho se defendió tan bien en Estocolmo como si estuviera

saludando montañeros como él en el marco de la plaza de Santa Rosa. Se creía más importantes que sus paisanos Barba Jacob, Rogelio Echavarría, Dario Jaramillo Agudelo y Bernardino Hoyos juntos.

Saludaba a todo el mundo en un inglés montaraz del cual salían

disparados pedacitos de frisoles, mazamorra, arepa, esa “segunda trinidad bendita” que es el fuerte de la comida en su restaurante El Triángulo, situado en las barriadas del Queens,  en Nueva York.

Montó ese restaurante cuando descubrió que la nostalgia colombiana entra por el buche.

Nunca se preocupó por el alto costo de la vida en Estocolmo

y siempre predicó que si el asunto se ponía color de hormiga subiría

los precios en su Triángulo, algo así como la ONU de las empanadas.

Habló más de Monseñor Miguel Angel Builes que de García Márquez.

Esto tenía una explicación: con un libro sobre Monseñor proyecta

repetir Nobel para Colombia.

Nacho es una especie de Borges al revés, en el sentido de que

hace años empezó a adjudicarse él mismo el Nobel. su obra no se conoce. Es más, no la ha escrito todavía. La culpa habrá que endosársele a las exigencias de la cocina en  el Triángulo. Gastronomía mata literatura.

Este trotamundo gozón pasó de Estocolmo a París donde cantó

ópera  rock y luego regresó a su sancta sanctorum en Queens. Allí hace las  veces de papa, mamá, chaperona, traductor, jefe  de relaciones públicas, banco, tía rica, pariente pobre, sacerdote,  siquiatra o doctora corazón de los colombianos que se apeñuscan en  Nueva York en busca del insomnio americano.

Pero nos sigue debiendo el libro. De pronto llega primero

Monseñor Builes a los altares que Nacho al Nobel.

 

Foto:

Nacho, a la derecha de sombrero y bigote dalilesco.

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