El chapetón del florero

Don José González Llorente, el chapetón al que se otorga la paternidad responsable de  nuestro primer berrido de independencia el 20 de Julio de 1810, no era ese ogro que nos han presentado los historiadores. González Llorente era más bien un “expobre” con plata que había hecho su riqueza exportando quina que entonces servía hasta para remedio. La fiebre veía llegar la quina y salía corriendo.

El español de nuestro cuento llegó a Santafé y en un dos por tres ya estaba casado con doña María Dolores Ponce, hija de don Luis Manuel Ponce en doña María Ignacia Lombana. Eran pobres pero honrados. Ahora no importa mucho no ser honrado. Lo imperdonable es no tener plata.

Cómo sería de buen tipo Llorente (nadie sabe en qué encrucijada o atraco callejero perdió su billetera y su primer apellido) que a la muerte de su suegro le tocó mantener a su suegra y a sus once cuñadas. En eso era tan bueno como Jesús que no tuvo inconveniente en curar a la suegra de Pedro. Y eso que las suegras dizque son mamás sin poesía.

Algo más heroico hizo don José: ¡las casó a todas con buenos partidos! Cuenta el versado historiador santandereano Antonio Cacua Prada que don José, o Er Pepe, como le decían sus amigotes, tenía fama de mal hablado. Algo así como un don Francisco de Quevedo pero sin poesía. La frase: “Me cago en los criollos” (perdón por lo de criollos), que le atribuyen, parece que fue el punto de partida de nuestra liberación del yugo chapetón. Es decir, que gracias a una palabrota somos libres. ¡Aleluya!

(A los españoles les decían chapetones porque eran más colorados que los criollos. Para que nos entendamos: eran algo así como color páramo, color Londres, mejor dicho, del mismo matiz que el profesor Panesso Robledo o el maestro Bernardino Hoyos).

Cacua Prada que conoce nuestra historia con puntos, comas, y puntos y comas, sostiene que según las investigaciones que ha realizado, Er Pepe no era tan boquisucio. Pero tenía la fama del tal, que es peor.

Los criollos que conspiraban en el Observatorio Astronómico, bajo la batuta del sabio Caldas, consideraron que podían aprovechar la circunstancia de que el español maltrataba a la gente para levantar el pueblo y armar un  mmmtierrero de la madona.

¿Quién iba a pensar que gente que se dedicaba a buscar estrellas cuando lo permitían los cumulus nimbus desde el Observatorio, sacaran tiempo también para conspirar contra las instituciones reales?

Se tenían confianza para conspirar el sabio Caldas, don Francisco Morales y su hijo Antonio, Camilo Torres, don Luis Rubio, Joaquín Camacho, y pare de contar para no alargar el chico de billar histórico.

Los criollos se iban volviendo adultos, querían poder, que les pararan bolas. Los españoles los consideraban unos buenos para nada. Los ninguniaban que daba miedo. Ahora nos exigen visa…

¿Pero cómo canalizar la insatisfacción? Después de varios días de conspirar y de no mirar estrellas, los del Observatorio resolvieron que como el influyente González Llorente despotricaba de los nuestros que daba miedo, a través de él, le iban a poner el cascabel a ese gato. El chapetón que se enoja con la provocación, y los criollos que le arman el acabóse, el despiporre, el no me quieras Margot.

Entonces, manos a la obra. Para despistar al enemigo, aprovecharon el peor día de la semana para hacer una revolución: un viernes, cuando todo el mundo –el de 1810 y los que vinieron después- está pensando en pasarla bien durante el fin de semana.

González Llorente tenía su negocio en un sitio clave en una esquina dela Plazade Bolívar. Donde queda ahora el Museo- Casa del 20 de Julio, enla Carrera Séptimacon Calle Once, a un costado dela Catedraly a solo tres casas de unos sitios donde venden deliciosa aguapanela con pan y quesito, tamales, salchichas y toda clase de viandas y dulces dela Sabana. Losdiabéticos bogotanos pasan por la acera de enfrente para no caer en la tentación.

Llegado el día D, los conspiradores vestidos con sus mejores galas, le caen a González Llorente, le sacan la piedra (entonces no se le decía así al cuarto pecado capital), el chapetón les canta la tabla, repite que se caga en los criollos y entonces deciden darle su buena muenda.

Don Antonio Morales le conecta varios directos a la mandíbula del europeo. Mientras le cascan a González, los demás de su séquito alebrestan a los parroquianos. Empieza a engordar la audiencia de criollos alrededor del negocio de Llorente.

Como la situación se ha puesto color de hormiga para el español, sus patrióticos verdugos deciden llevárselo a una casa vecina para evitar el linchamiento. Eso se llama matar el tigre y asustarse con el cuero.

Bueno, preguntarán los valientes que han llegado hasta aquí: ¿Y del tal florero de Llorente qué? Vamos por partes, como diría mucho después Jack, el Destripador de Londres.

Por esos días era esperado en estas tierras de mi Dios don Antonio Villavicencio, enviado especial del Rey de España.

Don Lorenzo Marroquín, otro criollo muy principal, fue comisionado para que le pidiera prestado a González Llorente, o a Llorente, que es lo mismo, un florero muy bonito que tenía. Le explicarían que lo querían para exhibirlo en la mesa donde Villavicencio pondría sus ilustres e hispanas nalgas, todavía averiadas por el maltrato del camarote en la travesía del charco que era el medio de comunicación preferido entonces. (Además, no había otro).

Para el historiador Cacua Prada -que parece que hubiera estado allí-  fueron dos episodios diferentes: el de la camorra que le montaron al español, y la petición del tal florero, que salió a relucir con el tiempo y un palito, contado por el Tribuno del Pueblo, don José de Acevedo y Gómez.

A la larga, parece que no hubo florero, ni ocasión de utilizarlo, ni banquete, ni nada. Pero la historia hay que escribirla, los historiadores también pagan arriendo, comen, sus hijos van a la escuela  y lo escrito, escrito está.

El cuento es que la gente se enojó, González Llorente nunca fue linchado, pero allí se incendió la flama revolucionaria, para decirlo en la jerga patriótica de entonces.

Pero la gente no quería toda la libertad. ¿Qué hacer con toda la libertad de un día para otro? Tanta libertad empalaga. Es como comer langosta o caviar todo el día. O que un amor platónico  nos parara bolas. ¡Qué encarte! (Pa’ quedar mal, queda uno mal en casita).

En el alboroto, la gente gritaba ese viernes poco cultural: “Viva el Rey y muera el mal gobierno”. O sea, todo con Fernando, el Rey, nada con sus enviados a bordo de las chalupas de Colón y sus descendientes.

Gracias a lo ocurrido aquel 20 de Julio, los criollos se fueron cogiendo confianza y poco a poco se las ingeniaron para quedarse con todo el poder.

Y gracias (¡de nada!) a la sospecha histórica de que González Llorente, el chapetón del florero, era un mal hablado y se subía rápido, como el Alka Seltzer, ahora caminamos solitos por la vida.

(Perdón don José por haberlo calumniado tanto. En todo caso, ha sido con mucho gusto. La historia es la historia. Y si uno no la escribe, se la escriben. Y, claro, tardías gracias por los favores libertarios recibidos. Nadie sabe para quién trabaja).

 

 

 

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